domingo, 15 de junio de 2014

VAI TER COPA: BRASIL NO CALLES !!!!!

ANTIMUNDIAL EN EL PAIS DEL FUTBOL

No dejes de leer este gran artículo de Arturo Lezcano publicado en : http://www.jotdown.es/2014/06/antimundial-en-el-pais-del-futbol/


¿ Por qué tantas protestas en un pais que AMA el futbol con todo su corazón al igual que AMA la SAMBA?  ¿ Les estarán robando ambas cosas ?  Pero Brasil no calla. Ya no calla.







ublicado por 

Fotografía: Cordon Press.
El pagode es un subgénero de samba convertido en fenómeno comercial desde hace dos décadas en Brasil. Mucho más instrumentada y percusiva que la versión original, es la música más popular en el gigante sudamericano y sus compositores e intérpretes, dioses. Por eso bastaron solo un par de horas para que el país montase en cólera al leer la noticia que se desparramó por medios y redes: la FIFA había registrado esa palabra, «pagode», en el Instituto de la Propiedad Intelectual para el año 2014. O sea, que lo hacía suyo. En realidad fue una falsa alarma. Contra lo que se dijo al principio, no se prohibía la reproducción de la palabra, sino que la Fifa bautizó con ese nombre la fuente tipográfica del Mundial y la protegieron patentándola. Pero el daño ya estaba hecho. La prensa diaria, poco sospechosa de posicionarse contra lo que rodea la Copa del Mundo, publicó columnas incendiarias contra la apropiación de un concepto intangible y querido como el pagode. Ya la indignación en contra había desbordado incluso a sectores de la gigante sociedad brasileña que jamás lo hubieran pensado en 2007, cuando se supo que su país acogería el Mundial. Por aquella época el evento era motivo de orgullo e hinchazón pectoral generalizados. Siete años después, la sonrisa no es la misma. La catarata de noticias sobre el papel de la FIFA, sumada al enfriamiento económico y, lo más importante por inusitado, el arrojo con el que la gente salió a la calle a protestar por primera vez en décadas, tiraron a la lona el sueño del Mundial feliz en el autodenominado país del fútbol. Contra lo que se viene gritando en las calles de las grandes ciudades brasileñas el último año como un mantra, sí, vai ter Copa, va a haber Mundial, pero está por ver cómo resulta y a qué precio —no solo financiero—: obras inacabadas o sin empezar, estadios que se quedarán sin uso tras el evento y desatención a los problemas reales de un país con mucho que trabajar antes que celebrar. En eso se basan los contrarios a la FIFA para manifestarse contra el Mundial, que no el fútbol como deporte. Veamos entonces las causas y consecuencias.
1-¿Por qué un Mundial en Brasil?
En la ciudad suiza de Zurich se yergue la sede principal de un ente, porque no se le puede llamar empresa, mucho menos ONG, que rige los destinos del fútbol. Se llama Federación Internacional de Fútbol Asociación y es la dueña de la pelota, porque domina hasta la última micra de lo que se mueve en el fútbol, que en su versión moderna, más bien contemporánea, se refiere única y exclusivamente a dinero. Money. No es de ahora: precisamente fue un brasileño, João Havelange, el que empezó a cambiar los destinos de la FIFA —ergo el fútbol— al globalizar el negocio del deporte más universal, valga la redundancia. Su última gran jugada antes de retirarse, de hecho, fue llevar el Mundial a Asia, el mercado más achicharrado, en 2002. Después asumió el poder su lugarteniente europeo, Joseph Blatter, que mantuvo la política de rotación de mundiales por continentes. Allá por 2007 se decidió —así, en impersonal— que el Mundial de 2014 se jugaría en Brasil. El proceso, pese a todo, tuvo su protocolo: como después de Asia fue Europa (Alemania 2006) y más tarde África (Sudáfrica 2010) lo lógico era volar a América, específicamente a la del sur, pues la federación del norte, Concacaf, ya había tenido su torneo relativamente hacía poco (EE. UU. 1994). Así que se pusieron en manos de la Conmebol, asociación sudamericana, que a su vez pasaron el regalo al entonces todopoderoso presidente de la todopoderosa Confederación Brasileña de Fútbol (CBF), Ricardo Teixeira, a la postre yerno de João Havelange, y le dijeron que tenían un Mundial esperándolos. No había interés en los otros nueve países de la Conmebol —salvo la Colombia de Uribe, que terminó apartándose del camino muy a su pesar— en meterse en un fregado como el que afrontaría Brasil, encantando de haberse conocido, por aquella época, con crecimiento económico a tasas chinas y un presidente que iba de cumbre en cumbre sin tocar el suelo. Lula da Silva aceptó el soplido de Teixeira y tachán, Brasil se convirtió en único candidato a albergar el Mundial 2014. Se oficializó el 30 de octubre de 2007 en Zurich. La comitiva de la Confederación Brasileña de Fútbol era variopinta: el presidente, el director de comunicación, dos excampeones del mundo (Romário y Dunga) y Paulo Coelho. Sí, Paulo Coelho. Debió de ser algo ridícula la historia porque no hubo ni presentaciones ni carpetas: era Brasil o Brasil. «No conozco a nadie que haya visto el dossier brasileño de 2014. Porque no existe». Quien habla se llama Christopher Gaffney, elemento fundamental en la crítica de lo que ocurre en las bambalinas de los grandes eventos. Estadounidense, exfutbolista profesional, geógrafo y profesor visitante de la Universidad Federal Fluminense de Río de Janeiro, es el académico de referencia en torno a Mundiales y Juegos Olímpicos. De hecho, la Universidad de Zurich —justamente— lo acaba de contratar para que investigue en el próximo lustro la transición entre Brasil 2014 y Rusia 2018. Gaffney abre bien los ojos en su casa del barrio carioca de Flamengo y añade: «Desde 2002 Brasil sabía que sería sede. Luego, formalmente, se supo en 2007, y en 2009 se firmaron los contratos de las sedes con la FIFA, con una matriz de responsabilidad que incluía proyectos de todo tipo y que se han cumplido en muy pocos casos». Estaba todo listo, pues, hace nada menos que doce años. Curiosamente, ese año en que según Gaffney se puso la primera piedra del Brasil mundialista, en 2002, un grupo de muchachos también sembraron la semilla de lo que se convertiría en núcleo de la lucha anti-Mundial, al crear los comités contra los Juegos Panamericanos de 2007, que se celebraron en Río. Sin saberlo, la contestación al Mundial acababa de comenzar. Y la rotación de continentes para organizar mundiales acababa de terminar.
2-¿Quién lucha contra el Mundial?
El 24 de agosto de 2002 Río de Janeiro le ganó la partida de los Juegos Panamericanos (PAN) a la ciudad estadounidense de San Antonio y Cali, tres meses antes de que Lula da Silva subiese al poder con su Partido de los Trabajadores y se hiciera cargo del Gobierno de Brasil. Que había cambios profundos en el país se vislumbraba, aunque no era patente. La oportunidad de albergar unos Juegos Panamericanos, una especie de olimpiadas continentales con larga tradición, fue tomada por la opinión pública como una muestra de que Brasil estaba en la agenda del poder. Sin embargo, para los jóvenes militantes que crearon el comité social de los PAN, un «movimiento apartidista», esos Juegos infundían temores que se repetirían hasta la saciedad con el Mundial.En su «Manifiesto por la ciudad», firmado por «mil ciudadanos preocupados con la ciudad que se heredará», se expresa la preocupación por las intenciones del poder público en «privatizar el espacio público, con amenazas de remoción de comunidades pobres sin política habitacional digna y compensatoria, el desmantelamiento del Estadio de Remo para transformarlo en un lugar explotado comercialmente, el carácter elitista de la Villa de los Atletas y la construcción onerosa de un estadio en un barrio habitado y sin infraestructuras. Queremos que el legado del PAN proporcione un necesario desarrollo sostenible y justo para Río». Detalles: el estadio, bautizado con el nombre de Joao Havelange, aunque popularmente se le llame Engenhão, se inauguró para los PAN y en 2013 se clausuró por «problemas estructurales». Además, y en línea con aquel evento, el estadio costó casi seis veces más de lo inicialmente presupuestado. Resumen: si uno transporta el contenido de las comillas a las críticas mundialistas solo tendría que cambiar los nombres de los lugares citados. Verbos y adjetivos permanecen.

Fotografía: Cordon Press.
Desde 2009, los ya denominados Comités Populares actuaban con fuerza en universidades, entornos de partidos políticos y colectivos sociales. Por entonces, a cinco años del Mundial, se habían desatado acciones destinadas a la lucha contra los desplazamientos por las evacuaciones de favelas derivadas de las obras. Y más adelante, hasta 2012, se multiplicaban los intentos de bloqueo de las concesiones que por esa época comenzaban a oficializarse en audiencias públicas, como marca la ley. Sonadas fueron las audiencias para la concesión de Maracaná, por ejemplo, con una conjunción de colectivos gritando en la cara de las autoridades contra la «privatización» del estadio. Se movilizaban los sectores tradicionalmente militantes pero había poca calle. La habitual, en definitiva, en un período de amodorramiento político de la sociedad brasileña, con el viento de cola económico y un período de redistribución social —temporal al menos— nunca visto hasta el momento. En realidad el país nunca ha tenido grandes revueltas populares ni una contestación clara a los sucesivos poderes establecidos. Hasta que llegó junio de 2013 y la Copa Confederaciones, la chispa y la explosión en tres días, según asume Tadeu Lemos, activista universitario y perteneciente a los Comités Populares de Río. «Desde la salida del presidente Collor de Mello hasta 2013 pasaron veinte años en los que no hubo salida a la calle. Estaba todo el mundo dormido y ahora, por primera vez salimos; somos una generación que descubrió que la calle no es solo para cruzar. Y eso vale más que un millón de discursos».
Hay muchos análisis sobre lo ocurrido hace un año. En rebobinado rápido, a finales de mayo entró en vigor en Sao Paulo la subida de veinte centavos de real para la tarifa del autobús decretada por el alcalde. Varias convocatorias repudiaron el aumento, no solo en Sao Paulo sino en otras muchas ciudades. Y como un virus, las protestas empezaron a propagarse hasta que a mediados de junio la presión subió hasta vivirse una semana inédita en Brasil: entre el 14 y el 20 de junio, pero especialmente los últimos tres días, riadas de gente —gente: en su mayoría no-militantes y manifiestamente de varias clases sociales— marcharon por las calles brasileñas. Protestaban, claro, por algo más que los veinte centavos del autobús. La mayoría de pancartas ya tenían destinatario muy diferente a alcaldes o empresas de transporte: el Mundial y los Juegos Olímpicos se llevaban, en gran parte, la ira de los manifestantes. Los «FIFA, paga mi tarifa», «Transporte estándar FIFA» y «No va a haber Mundial» empezaron a verse y escucharse.
A todo esto, el 15 de junio comenzó la Copa Confederaciones, el evento creado como test para el Mundial que se celebra al año siguiente. Esta vez a la FIFA le explotó el experimento en las manos. Destacaban, entre los muchos movimientos que afloraron en semanas, unos jóvenes veteranos que levantaban la bandera contra los eventos. Eran los comités. «Nadie podía adivinar lo que iba a pasar el día 20, con más de un millón de personas, quince días antes, cuando éramos dos mil, o un mes antes, cuando éramos doscientos». Habla Caio Martins, portavoz del Comité Popular da Copa de Río, ataviado con una camiseta de Vasco da Gama y con una confesión por delante: «Soy un loco del fútbol, y no estoy contra el Mundial como juego, sino por cómo está concebido».
3-¿Contra qué se protesta?
«Estamos preocupados por la exclusión de millones de ciudadanos respecto al derecho de la información y su participación en las decisiones sobre las obras del Mundial, por el desalojo de familias y la profundización de la desigualdad, la apropiación del deporte por entidades privadas y grandes corporaciones a las que los gobiernos están delegando responsabilidades públicas; o la inversión de prioridades en el uso del dinero público que debería servir, prioritariamente, para salud, educación, transporte y seguridad pública». Semejante declaración no la firma el Comité Popular de la Copa ni un sindicato de izquierda: es un documento publicado hace unos días por la Conferencia Episcopal de Brasil, el máximo órgano del país con más católicos del planeta, encabezada bajo el título de «Los errores del Mundial» y que se ha distribuido en aeropuertos, hoteles y restaurantes en varias lenguas. La indignación ha llegado al lugar con más penetración en la sociedad brasileña, la Iglesia, mientras los activistas anti-Mundial siguen pensando iniciativas para que la gente se vuelque en la calle como el año pasado.
Una noche de martes de mayo de 2014, el Comité Popular se reúne en algún espacio cedido por alguna institución o sindicato de la ciudad. Hoy toca en un espacioso auditorio en un edificio a escasos cincuenta metros del epicentro de todas las manifestaciones: la plaza de Cinelándia. Después de tres horas de asamblea, treinta y cinco personas debaten acaloradamente sobre el penúltimo punto del orden del día. Hay tensión lógica por la cercanía del Mundial y cierto escepticismo después de la manifestación del 15 de mayo, denominada elocuentemente 15M, que no tuvo excesivo seguimiento. Pero la convocatoria no la realizaron ellos, sino otros colectivos. Por eso en esta asamblea se debate qué papel hacer en las siguientes manifestaciones, o sea, durante el Mundial. Y se llega a la conclusión de que hay que cambiar la estrategia para ganarse a la población: manifestaciones lúdico festivas con música y atracciones que atraigan a la sociedad. La primera, el día del partido inaugural. De fondo, el mismo mensaje, las mismas razones: «Hace siete años nos dijeron a todos que los eventos serían vehículos para la transformación del país. Transcurrido el tiempo toda la sociedad vio que no era así, sino todo lo contrario, y se revolvieron contra ello saliendo a la calle», asegura Martins. Para los anti-FIFA no hay mejor ejemplo que sus buques insignia: los estadios. «Maracaná ha tenido en los últimos quince años tres grandes reformas. La última, la del Mundial, ha costado mil doscientos millones de reales (cuatrocientos millones de euros) y fue inmediatamente privatizado para amigos de quienes mandan. Ahí llega la contradicción: hay dinero para los estadios pero no para la salud o la educación, que son una exigencia mínima para el Estado. ¿Cómo no va a salir la gente a la calle?», completa el activista.
Los estadios son especialmente llamativos en lo que los críticos entienden como una privatización poco encubierta. Es el modelo llamado PPP (Parcería Público Particular), vigente en nueve de los doce estadios del mundial. Chris Gaffney lo resume así: «Los estadios se pagan con dinero público, pero van a manos privadas. Es decir, se hace una concesión por concurso y el Estado le cobra un alquiler anual durante treinta y cinco años, normalmente. El problema es que Maracaná, por ejemplo, costó cuatrocientos millones de euros, el doble de lo previsto, y el alquiler es de poco más de cuatro por año». No hace falta calcular cuánto tardaría en amortizarse y no hace falta ni decir que para entonces haría falta una nueva reforma. También es cierto que la manutención, muy costosa, corre a cargo de los socios privados del estadio, en un juego conocido: quien ostenta el 90% de la sociedad concesionaria es precisamente la constructora que reforma el estadio. Las críticas, aun así, no van tanto a las propias empresas sino a los poderes públicos que viabilizan modelos inaceptables para los críticos, no solo por el reparto de dinero sino porque ha implicado el desplazamiento de miles de familias residentes en favelas próximas a estadios, en una secuencia repetida y que vuelve ahora otra vez con las obras de los Juegos Olímpicos.

Una pintada de protesta en la Favela da Paz, una de las más cercana al Estadio Maracaná. Fotografía: Cordon Press.
Pero lo que más enerva a los críticos con el mundial y la FIFA es la llamada Ley General de la Copa, el armazón jurídico para la realización del Mundial y todo lo que rodea al evento a lo largo del año (incluido el affaire Pagode). La ley es sancionada por el jefe del Estado, en este caso la presidenta, y contiene una serie de artículos que en Brasil han levantado ampollas por lo que entienden una intromisión feroz en la soberanía. Que se permita el alcohol en los estadios no deja de ser una anécdota, pese a las páginas que llenó el asunto durante semanas. Que, sin embargo, la FIFA disponga de exención fiscal total durante el Mundial, y no solo ella sino sus empresas asociadas, no sentó bien a todo el mundo y dio pie a sesudos análisis jurídicos, al igual que las nuevas responsabilidades penales impuestas por la ley y también las civiles. Para los críticos, son imposiciones arbitrarias de una entidad privada y extranjera. En la calle se escucha estos días que la FIFA es dueña de Brasil por unos meses. Gaffney lo dice de otra manera: «Según la ley, si hay un terremoto los beneficios de la FIFA tienen que estar garantizados. En Brasil no hay terremotos, pero hay protestas». El asunto es por qué se acepta todo eso. Según Gaffney hay dos posibilidades: «O Brasil no ha sabido negociar con ellos o no ha querido. Porque ¿para qué negociar, si quien lo hace son las élites que dominan las empresas que se benefician de los modelos privatizadores de los bienes del Mundial?».
Y así, según él, se cierra el círculo del Mundial, evento para unos pocos en un país gigante, también en las gradas. «Cualquiera de las personas que viven en favelas está preocupada de trabajar cada día para llegar a fin de mes, ni pueden soñar en entrar a un partido». Un chiste serio dice que el cambio más significativo de Maracaná no es ni la forma ni la tecnología ni la modernidad rampante, sino su color, en sentido figurado: se ha blanqueado. O sea, que de ser el estadio donde se apretujaron doscientos mil enfermos de la pelota en 1950 sin casi distinción de clases ahora es un coto cerrado para la mayoría del pueblo, el menos blanco de la vertical sociedad brasileña. Y eso que la FIFA ha reservado la categoría más económica de entradas para brasileños, que a la vez llegan a pagar, en algunos casos, solo la mitad del importe. A quien le toquen en gracia todos esos supuestos pagará una media de ochenta reales (unos veinticinco euros), que supone algo más del diez por ciento del salario mínimo. A partir de ahí, la escalada de precios se hace más empinada que el morro de Corcovado, hasta llegar a los mil novecientos ochenta reales de la final (seiscientos cincuenta euros) para la entrada más cara. Y todo eso sin contar los palcos, entradas preferenciales y vip variados que poblarán los doce estadios del Mundial al estilo de como ya lo hacen en las finales de Champions o Europa League (donde se vieron fondos llenos de hinchas, pero tribunas centrales medio vacías por las entradas no utilizadas por patrocinadores y demás compromisos, y por el precio, claro). O sea, que no es una cuestión brasileña, pero aquí se han encontrado una masa contraria, precisamente en el país del fútbol, pero que en un 95% ni se imagina lo que es verlo en directo. Con este detalle quizás resulte más fácil entender que las quejas nada tienen que ver con el fútbol: se trata de salud, transporte, educación, seguridad. Porque quien paga por entrar al Mundial paga su seguro privado de salud, tiene coche y educación privada. Y el fútbol tiene también y cada vez más el acceso restringido.
4-El legado del Mundial: ¿verdad o estafa?
Si el Mundial fueran unas elecciones, la FIFA debería preocuparse. Según el instituto de encuestas más importante de Brasil, Datafolha, para el 55% de los brasileños el Mundial «traerá más perjuicios que beneficios» para Brasil. O, también, hay un 48% de brasileños abiertamente «favorables» a la realización del Mundial, muchos menos que antes de las protestas de 2013 (65%) o que en 2008, un año después de saberse que serían sede (un 79%). Según otro sondeo, este de Pew Research, de principios de junio, el 60% de la población cree que el Mundial será «malo» para Brasil. Y al mismo tiempo, se dice que el 72% está insatisfecho con las políticas del país. O sea, las de los gobiernos de los estados y el federal de Dilma Rousseff, donde terminan las críticas en el callejón de todos los descontentos. Y es Dilma la que ha dicho de todas las maneras, incluido Twitter, que será «el Mundial de los mundiales». Y que su «legado», que es una palabra de a diario, será gigante.
El caso es que en el lote del Mundial venían promesas de infraestructura que, decían los brasileños, se cumplirían porque si no la FIFA pondría pegas o algo peor. Llegado junio de 2014, hay aún varios estadios con estructuras provisionales para el Mundial. Pero muchas de las obras prometidas, además, están en algún limbo desconocido, como se encarga de recordar diariamente una web satírica pero con la base demoledora de la hemeroteca. Pero también, según datos oficiales, la mitad de las obras de transportes y movilidad urbana no estarán listas a tiempo. Algunas ni han salido del papel. Y otras presentan costes imposibles de asumir a día de hoy. Las inversiones derivadas de la Copa del Mundo son ya un embrollo imposible de cuantificar, aunque hay estimaciones de unos diez mil millones de euros, mientras los estadios han alcanzado los dos mil quinientos millones de euros, casi un 70% más de lo previsto y superando lo gastado en los dos mundiales precedentes. Para algunos lo más grave es que finalmente saldrá de las arcas públicas casi un 90%. Para otros será el uso que le será dado a estadios gigantes en ciudades sin tradición futbolística. Los casos más conocidos, el de Cuiabá y Brasilia, sin equipos de élite y ni tan siquiera tradición de alto nivel, o el de Recife, a treinta kilómetros del centro de la ciudad. Gaffney sentencia: «El Mundial ayudará a acelerar las tendencias que ya tenemos: más armas en la calle, más fragmentación de las ciudades y estadios para el consumo de unos pocos».
Faltan por saberse datos palpables sobre la otra herencia prometida: el impacto de los eventos en el PIB del país. Después de los datos que se ofrecían hace cuatro y cinco años por autoridades varias, sobre los cientos de millones que lloverían sobre la economía del país, varios estudios (entre otros uno de la agencia Moody’s) han ido volcando en los últimos días la impresión de que el impacto será más modesto de lo esperado, con un techo del 0,5%, y que mucho, como todo en este Brasil, tiene que ver con el clima tibio, cuando no exaltado, contra la Copa del Mundo. Con razón se ha empezado a extender la preocupación con los Juegos Olímpicos de 2016, incluido el Comité Olímpico, que ya ha enseñado la patita. Queda por ver qué dirá la calle.

Fotografía: Cordon Press.

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